12 de marzo de 2018

`La Mélancolie Des Dragons´ (Philippe Quesne)


¿Se puede jugar con?
La línea que separa el absurdo y el ridículo del arte y la belleza.
La línea que divide la ironía de la verdad.
La línea que divide el humor del drama.
La línea que divide el escenario y el patio de butacas.
Y el más difícil todavía: la medida exacta del tiempo que diferencia el aburrimiento del espectáculo con mayúsculas.
La respuesta es sí y, no sólo sale airoso, sale victorioso. La melancolía de los dragones lo hace.

Los personajes fluyen en continua coreografía creando bodegones vitales que mientras se forman nos hacen reír y cuando se forman nos podrían hacer llorar. La risa llega lenta, el drama aparece rápido, espontáneo, es la inversión del uso clásico de los ritmos, es el sublime control de los tiempos en la dirección. Vida en estado puro, la risa o el llanto son sólo cuestión de perspectiva y tiempos. No necesita estructura aristotélica, no tiene conflicto, no tiene nudo, no los tiene porque no juega en esa liga. Es pura vanguardia, no a base de retorcer sesudamente las estructuras, a base de simplificar y limpiar, pura genialidad. Personalmente lo que me conecta con la obra es: el surrealismo y el absurdo, siempre, la ternura y la humanidad, desde que soy padre más.

Por último: maneja el poder de las imágenes con la visión de un publicista y la sensibilidad de un artista: Arranca con un coche parado en medio de la nieve (cuatro heavies melenudos en su interior) y acaba en un viaje onírico de poesía y arte, "señora con gafas al rescate" mediante. De lo mejor que he visto en teatro en mucho tiempo (y esta temporada estoy viendo montajes de mucho nivel en el Canal).


4 de marzo de 2018

"La forma del agua" (Guillermo del Toro, 2017)

Mi hija Carmen que, hace unos días cumplió dos años y medio, ya ha comprendido que no hay bichos buenos o malos, que pueden ser buenos y malos, depende, a veces pueden hacer cosas buenas y otras veces cosas malas, que se pueden comportar de ambas maneras… Me venía a la cabeza esto pensando que el adjetivo “infantil” en realidad no encaja del todo para definir la nueva película de Guillermo del Toro...

“La Forma del Agua” es un <<“E.T.” meets “Amélie”>> pero sin llegar a la suela de los zapatos (ni de las pezuñas) de ninguna de las dos. Por supuesto, el monstruo ni tiene la ternura ni genera las ganas de abrazarle que generaba ET, o el propio Gizmo, más bien se acerca más a lo que es un Gremlin malo, que no son muy abrazables… Respecto a “Amélie”, cuando Jean-Pierre Jeanut (su director) encontró a Audrey Tautou en el casting se tuvo que esconder… escondía las lágrimas de emoción, era “ella”, la había encontrado (1). A mí, personalmente, Sally Hawkins, protagonista de “La forma del agua”, no me produce ningunas ganas de identificarme con ella ni de llorar por haberla encontrado en un casting. Es una muda que a su vez cuida de un viejo pintor, ¿por qué no a una negra chistosa con un marido machista? Ah, perdón, que ese perfil ya está. La pena como forma de identificación con el/la protagonista es nivel telefilme y esto yo sólo se lo permito a genios como Lars Von Trier (“Bailar en la oscuridad”, “Rompiendo las olas”)… Tanto estereotipo me mata, me parece haber visto a todos los personajes en otras películas, la muda, el vecino pintor, la amiga negra, el jefe déspota e, incluso, el monstruo violento pero con corazón. Todas las interpretaciones están bien, es un problema más de guión y definición de personajes. De todos en mi opinión sólo hay un personaje que se salva de la orgía del maniqueísmo: el ruso, y al director no le importa mucho su destino final ya que éste no merece un último plano, supongo que su gran pecado es no posicionarse. Volviendo a los protagonistas me gustaría que fuera el monstruo el que me produjera empatía para poder creerme más esta relación, pero verle matar a otro ser vivo no me produce tampoco mucha empatía..., y esto ya tiene más que ver con que soy vegetariano. Por más que le miro no le encuentro la simpatía. ¿Quizás debería encontrarla en que tiene poderes? Sí, Darth Vader también y me da más ternura. No, no me produce simpatía esta pareja, quizás porque no son un dúo que se formó porque ambos amaban la música y ésta les unió. Son más bien una boyband creada a medida por una multinacional para que llenen estadios y vendan discos,  aunque ninguno de ellos canta ni compone nada, ni de hecho sean heterosexuales, y sí, esta multinacional es Guillermo del Toro. Y sí, en la película todo está demasiado calculado, haciéndola totalmente artificial (y también artificiosa, a propósito). Siguiendo con el símil, que son todos unos Milli Vanilli, muy bonitos pero no son cantantes, y las lentillas esas ya las compras en todas partes… Y la relación que establecen la pareja protagonista es amor romántico del peor, muy “La Cenicienta”: mi vida es una mierda, que venga alguien a salvarme, véase: princesa necesita príncipe (o monstruo) que la salve, y viceversa. Y he leído que alguna gente ve un canto a la tolerancia en esta relación, no es mi caso… más bien veo un poco de racismo y juicio contra el perfil de estadounidense blanco republicano, que tiene su perfecto representante en el malo malísimo y su familia.

Pero me estoy perdiendo, todo esto empezaba en la búsqueda de un adjetivo para la película. Artificial o calculada son dos que podrían encajar. Pero también se me ocurre otro: es muy “estadounidense”, ¿pero qué es ser muy estadounidense? ¡Perdonadme, estadounidenses del mundo, que no os identificaréis con lo siguiente! (Yo tampoco me identifico con la corrupción y me parece un concepto muy español). ¿A qué me refiero con “estadounidense”? A varias cosas: Primera, es totalmente maniquea. Los buenos son muy buenos, empezando por la pobre muda (que el dios de los EEUU y los rifles de asalto la acoja en su seno) y los malos malísimos, la escena de “te meto el dedo en la herida” está al borde del humor negro, personajes que son caricaturas, me pregunto si mi hija se tragaría estos malos puros y buenos puros ahora que sospecha que no va así la cosa… Simplemente intentad encontrar una arista en la personalidad de ella o una virtud en la de él. A mí me da mucha vergüenza esta definición de personajes a estas alturas del partido, es como si un país le diera por usar términos como “el eje del mal”(2)… ¿Os imagináis? Ridículo. Volviendo a Carmen (mi hija) diría que nunca la metería a ver esta película porque, aunque tiene un envoltorio de cuento, tiene un nivel de violencia equiparable a la paliza que le da el cangrejo a Maui, el amigo de Moana, con música festiva incluida, muy “Naranja Mecánica” en realidad, vean: ojo, imágenes con alto contenido violento en el siguiente enlace: 3. La muerte se acepta y se bendice en la película, la pena de muerte está aquí, para el que se la merece, se le juzga y se le mata. Y yo me acuerdo de las pelis de Charles Bronson cada vez que veo una “violencia justiciera” o “violencia justificada por la justicia”, vamos algo muy estadounidense, apología de la pena de muerte sin más. Joder, por lo menos que parezca un accidente, como en las de Disney cuando el malo se cae al borde del precipicio y el bueno intenta darle la mano para salvarle, pero al final se cae. ¿Mejor matarlo directamente? Pues vale… Y meter una escena de tortura en plan: “te hago mucho daño si no me dices quien lo hizo” en una película con pretensiones de ser “Amélie” creo que tampoco es una buena idea… Eso sí, me encanta que se naturalice el desnudo y el autosexo, aunque a buenas horas, Guillermo del Toro, el hermano mayor (que no es otro que HBO) ya ha abierto todas las puertas… Para romper una lanza en este terreno hay que ponerse al nivel Lars Von Trier en “Anticristo”: pollas, hay que sacar pollas, todo un acto de feminismo (igualdad), coños hemos visto muchos en el cine europeo, el cuerpo de la mujer puede salir porque está en venta, el del hombre no…

Así que tenemos: artificial, artificiosa, maniquea, calculada, violenta, romántica (en el peor sentido). Tiene 13 nominaciones a los premios del cine estadounidense. God Bless America, a mí no, que creo que vamos en barcos diferentes. Espero que al menos le premien el arte, el maquillaje, la fotografía o la música, ese bonito envoltorio que me encanta. También muy a favor de la ensoñación. La película es entretenida, es un wannabe de Amelie descarado que fracasa por no auténtico y, repito, a mí me saltan todas las alarmas y me dan ganas de reírme al ver a esos personajes maniqueos… Pero (esta vez) lo intenté obviar y de verdad la disfruté, más que “El laberinto...”, quizás porque es mejor película ésta, o porque yo me estoy volviendo más tolerante… Espero que por lo segundo. Igual no y todavía me quedan kilómetros que recorrer. Simplemente: no es el tipo de cine que me interesa, ¿Cuál te interesa? “The Square” (Ruben Östlund, 2017), por ejemplo, sí se acerca más a mis afinidades. Personajes con aristas, por favor, si es necesario pagar un euro más por la entrada lo pago. Al final sólo es cuestión de eso, afinidades… La última película que vi es "Lady Bird" (Greta Gerwig, 2017), si has visto bastante cine indie americano reconocerás el espíritu Sundance, pero tiene infinitamente mucha más autenticidad (y menos pretensiones) que "La forma del agua", la propia protagonista tiene aristas, todos los personajes están tratados con empatía y cierto respeto, vamos, que ésta tampoco es una peli de indios y vaqueros, malos y buenos. En unas horas los Oscars darán su veredicto y no tengo duda: hincarán la rodilla ante "La forma del agua", cine 100% estadounidense, defiende sus valores.

Esta crítica va dedicada a mi amigo Nacho Bello, que me vio por un pasillo y me dijo algo así como “Tienes que ver "La forma del agua", que todo el mundo la está poniendo de la leche y me ha parecido mala”… Pues sí, Nacho, está tan calculada que poco hueco queda para lo auténtico, a pesar del bello envoltorio de agricultura ecológica ameliana, lo abres y hay un Kinder Bueno con muchos E-s y aceite de palma cancerígeno.

10 de diciembre de 2017

otra dirección de actores



Una reflexión sobre (un tipo de) dirección de actores en teatro:

No es habitual encontrar un montaje en el que la dirección de actores sea sobria y contenida, menos habitual todavía es encontrar un montaje en el que se confíe en el texto, este pequeño comentario defiende la existencia de una asociación causa-efecto entre estos dos puntos: la causa es el miedo o la desconfianza en el texto y el efecto es la anulación de la existencia del espectador. Lo habitual es lo contrario. Lo contrario es sobrecargar las puestas en escena, es el más con más es más, es el intensificar lo intenso y correr en lo cotidiano. El resultado del miedo, que es desconfianza e inseguridad en la relación de pareja unidireccional entre el director y el autor (su texto), se traduce en ritmo frenético (si es una comedia se justifica por definición de género) y en sobrecargar las tintas de la dirección de actores y la puesta en escena: algunos ejemplos de esto son... 

La sobreexplotación del espacio escénico. El terror a los silencios, por supuesto, algo inadmisible en el mundo del ritmo frenético y las no pausas, como si el director se justificara: "claro, parezcámonos al entorno, multitarea dispersa y acelerada". Un silencio le permite pensar, sentir, reflexionar, ese "le" es el espectador, ¿queremos que exista? El efectismo gratuito como efecto suplementador, ¿pero acaso necesita el texto suplementarse cuando es autónomo y autocontenido? 

En resumen: otra dirección de actores es posible. Esta reflexión surgió tras ver "Vania (versión libre de la obra de Chejov)", dirección de Álex Rigola sobre una dramaturgia de Lola Blasco.

http://m.teatroscanal.com/espectaculo/alex-rigola-heartbreak-hotel/